Espectros y reflejos en Elysium
Después
del final, ¿Qué es lo que perdura? Las ficciones de corte postapocalíptico o
que buscan expresar la decadencia de un sistema suelen pecar de una mirada muy
limitada sobre el tema. A saber, es difícil que una producción hecha por
autores del centro productivo de lo audiovisual estadounidense actual, que
difícilmente hayan vivenciado algún tipo de carencia o desidia social puedan
pintarnos una realidad apocalíptica de una manera creíble. Las producciones
suelen siempre recaer en el ethos de las secuelas de Mad Max y
las películas de zombis, dónde todo se termina en un día y es un sálvese quien
pueda. Lo real a veces es menos espectacular y, valga la redundancia, más real.
Algo que se tiende a dejar de lado en las producciones norteamericanas es que,
en el colapso, probablemente se sigan las mismas reglas del juego político y
social que veíamos previamente. No hace falta irnos muy lejos, en la situación
pandémica que venimos atravesando podemos ver que los esfuerzos colectivos por
solucionar la actual crisis no son rupturistas, no proponen un corte
fundamental con lo que se venía dando hasta ahora, sino que tienden a la
mantención de la situación actual, del status quo. Lo que deviene
en una serie de transformaciones que profundizan lo que previamente se veía en
ascenso y debilitan aún más lo que se veía en retroceso El colapso quizás
no deviene siempre en una anarquía generalizada, sino en un declive paulatino,
perceptible e inevitable ya que es estructural. Nuestra idea de colapso siempre
se retrotrae al modelo de la caída del imperio romano, como un colapso absoluto
y después la nada, así como las películas de zombis, si caen los Estados Unidos
o Roma, no quedará nada. Y es que nuestra idea de lo social y lo civilizatorio
es en sí un acto eternizante frente a los caprichos del destino.
The smallest Church in Saint-Saens.
Disco Elysium no es una producción postapocalíptica en el sentido tradicional, tampoco está hecho por una productora estadounidense, es un juego de rol con un enfoque detectivesco y una historia no lineal producido en Estonia. A primera vista parece ser un juego postapocalíptico más ya que apenas nuestro personaje principal, un policía borracho y probablemente drogadicto con una resaca tan fuerte que pierde la memoria, pone un pie fuera de la irrealidad onírica de sus sueños de alcohol nos encontramos con una península urbana devastada. Una ciudad que brevemente nos puede recordar al sur de Francia o al este profundo europeo, diezmada por los antiguos impactos de una fuerza destructiva inconmensurable, con heridas visibles en los agujeros de mortero en la playa o los hoyos de balas presentes en todos los edificios. Pero esta es una ciudad viva contra todo pronóstico y activa económicamente por los caprichos del capital y la extraña geografía de este nuevo mundo a partir de un puerto de mercancías que pareciera ser uno de los más importantes para el comercio interisolar. Lo nuevo y lo viejo conviven de manera caótica en este mundo que nunca nos termina de quedar claro, ya que sólo lo conocemos a partir de sus no-lugares. Al ser un juego de rol, este factor de parcialidades en la interpretación de la realidad se potencia, nuestra experiencia seguramente se diferenciará del resto porque el personaje se forma a partir de sus acciones, y nuestras acciones son un indicativo más fuerte de nuestra personalidad que lo que decimos ser.
Este es un mundo extraño no sólo por el detalle de haber perdido la memoria, su geografía es extraña. Si nos interesamos por el mundo que nos rodea, tarde o temprano vamos a descubrir que este extraño mundo se encuentra divido en isolas, continentes divididos por el vasto océano y por la palidez. Un tejido que conecta y divide al mundo mediante su imponente extrañeza, la materia deja de tener forma en el pálido y ni la luz atraviesa su estructura. Atravesarlas es posible pero es un salto a lo desconocido, es posible perderse en la nada para siempre y más posible es perder la cabeza en el caso de sobrevivir al cruce. Lo único que sabemos es que esta palidez no puede ser retratada fielmente ni descripta con exactitud, que su presencia se evidencia por un enorme tobogán de luz donde la materia extiende su sombra como si fuera un espejo deformado. Esta palidez no existe en la nada, define las dinámicas políticas de las naciones que surgen en sus márgenes y forma parte de los imaginarios sociales con una presencia natural y cotidiana. No es una extrañeza novedosa, es parte del paisaje y por eso no vamos a encontrar mucha mención de ella pero si una serie de ideas y sentidos atribuidos a la misma. ¿Quién destacaría que el cielo se oscurece de noche?
Un mundo intervenido y definido a partir de su reflejo.
De lo primero que nos enteramos es que estamos en Revachol, en la península de Martinaise para ser exactos, una zona administrativa especial controlada por una coalición de fuerzas extranjeras que ocuparon este pedazo de tierra hace 42 años luego de una revolución comunista. En un extraño ejercicio de realidades paralelas, esta coalición de naciones capitalistas impuso una serie de reformas pro-mercado y subsumió a Revachol en un empate hegemónico de casi 50 años. Los asuntos de la alta política son manejados por la coalición, del resto se encargará el destino y el mercado como fuerzas dirigentes de la vida social. “La única democracia que rige aquí, es la del Mercado”, nos dice una amable señora entrada en años montada en una silla de ruedas. Como todas las visiones que uno podría tener de una sociedad siéndole un perfecto extraño es parcial y no compartida por todos, el mercado se nos va a revelar menos democrático y algo limitado inclusive. Porque la zona administrativa tiene poco de administrativo y más de zona especial, es un territorio donde la ley se basa menos en las ficciones que nos contamos (y damos por garantizadas) todos los días y más en el poder político inmediato, casi que podríamos decir que se basa en el poder político material y concreto. La igualdad, la libertad, la democracia e incluso el comunismo sobreviven como palabras que podemos encontrar en la librería de segunda mano cruzando la calle y como ideales de un mundo muerto y enterrado hace tiempo. No estamos aquí por accidente, hace tres días llegamos para resolver el caso del asesinato y linchamiento de un rompehuelgas enviado por la megacompañía Wild Pines, que mueve la mayor parte del comercio internacional a través del puerto de carga de Martinaise. En el camino iremos reconstruyendo nuestra memoria y quién somos, como la premisa del juego dicta "¿Qué tipo de policía eres?" a través de un sistema de ideas que surgen a partir de nuestras acciones y establecerán la forma que tomará el juego.
Hay un ahorcado que vive.
Nos encontramos siendo parte de un cuerpo de policía de facto, la Milicia Ciudadana Revacholiana que, a diferencia de lo que nos repetimos todo el tiempo en las sociedades modernas, no tiene la legitimidad al arrogarse el monopolio de la violencia y el arbitrio de la justicia. Esta es más bien organizada por los locales, que en Martinaise viene a ser el sindicato de debardeurs, el actor político de peso en la zona. Es que, frente al colapso, la vida sigue y las ficciones políticas que ordenan nuestra vida cotidiana se vuelven menos evidentes. No es posible mantener los ideales universales si hay una situación material que lo impide, y los vacíos de poder están ahí para ser ocupados. El sindicato es el que viene a suplir al orden social previo, se encargará de arbitrar sobre la vida social de los habitantes de Martinaise como lo haría un Estado moderno cualquiera. Haríamos mal en no señalar que, si bien nos muestran su faceta corrupta y desigual en su accionar, deberíamos pensar si las fuerzas de la orden pública no llevan a cabo comportamientos similares o peores.
"¿Cómo no perder? Es imposible, el mundo está balanceado sobre la punta de un cuchillo."
Es que si intentamos llevar a cabo la tarea de intentar correr el velo ideológico mediante el cual se disfrazan las instituciones sociales, sólo quedan personas. Personas, relaciones y poder, Martinaise no es tierra de nadie porque sus habitantes siguen allí, existiendo y relacionándose. Si seguimos un camino de amistad con nuestro eterno sidekick, el revacholiano mitad seolita Kim Kitsuragi, nos contará que este caso funciona como una suerte de escaramuza de tantas otras para resolver quién se queda con este pedazo de urbe abandonada por la mano invisible del mercado. En el lunfardo político rioplatense tenemos nuestras propias categorías para cuando dos o más facciones se disputan el control político de una determinada zona, cuando la discusión política supera la instancia del rosqueo, se comienzan a dar acciones que tienen como objetivo medirse, es una competencia que rápidamente podemos identificar como “a ver quién la tiene más grande”. El comportamiento de la MRCI se parece más al de una banda que lucha por el territorio con otros grupos que a una institución hecha y derecha, legitimada por el derecho y por el poder político dominante. Hoy en día no nos encontramos frente a un colapso civilizatorio, no al menos en la forma tradicional que lo conocemos, pero si así fuera, si se corriera el velo ideológico por el cual justificamos la existencia de nuestras instituciones ¿Cuál sería el rol de nuestra propia policía, de nuestros partidos o autoridades municipales? ¿Cambiarían a partir de sus acciones o porque ya sabemos que no son lo que dicen ser? Las instituciones no son de mentira, existen en tanto acciones políticas y concretas, pero hace falta mirarlas sin ese velo para juzgarlas.
La coalición internacional quemó ese velo y a cuanto comunista poblara Revachol con el fuego de sus cañones, en el proceso desnudó y mercantilizó las instituciones de la sociedad a la que pretendía salvar de sus errores, como si fuera una reprimenda paternal de características bélicas.




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